El verdadero desafío ya no es aprender a convivir con campañas húmedas o secas, sino desarrollar sistemas capaces de gestionar esa variabilidad.
Durante 2025, amplias regiones de la provincia de Buenos Aires enfrentaron importantes excesos hídricos que continuaron condicionando la actividad agropecuaria durante la campaña 2026/27.
La persistencia de napas freáticas elevadas, las dificultades para el escurrimiento y las limitaciones de infraestructura afectaron la operatividad de los establecimientos rurales, consignó un informe preparado por el área económica de la Bolsa de cereales y Productos de Bahía Blanca BCP).
En este contexto, el retraso en la cosecha de los cultivos estivales y las dificultades para implantar trigo y cebada evidenciaron que muchos de los problemas de la campaña anterior permanecen vigentes.
La Bolsa de Cereales y Productos de Bahía Blanca (BCYP) entrevistó a referentes de instituciones representativas del sector: Carlos Bernardi, de la Asociación de Ingenieros Agrónomos de Carlos Casares; Fernando Mónaco, exdirigente de la Sociedad Rural de Bolívar; y Esteban Luis Area y Eduardo Busetto, de la Sociedad Rural de General Pueyrredón.
En todos los casos, el exceso de agua y la elevada humedad restringieron las labores, redujeron la eficiencia operativa y aumentaron la incertidumbre para la planificación agrícola.
No obstante, el fenómeno presenta características diferentes según cada región.
En Bolívar, la situación actual es consecuencia de un proceso iniciado con las inundaciones de 2025, cuyos efectos persisten debido a que el sistema hídrico aún no recuperó su equilibrio.
Según Mónaco, las napas freáticas permanecen muy superficiales, limitando la infiltración y dificultando el ingreso de maquinaria.
Las áreas más comprometidas se encuentran en el norte del partido, hacia el límite con Nueve de Julio, donde se ubican algunos de los suelos de mayor aptitud agrícola.
En Carlos Casares se observa un escenario similar, asociado al incremento de las precipitaciones medias y a la escasa pendiente natural del terreno, factores que favorecen la permanencia de napas superficiales.
Los perfiles permanecen próximos a la saturación y cualquier nuevo aporte de agua genera rápidamente anegamientos.
En General Pueyrredón, en cambio, no predominan las inundaciones permanentes ni existen grandes superficies improductivas.
Sin embargo, un invierno excepcionalmente húmedo, con lluvias frecuentes, elevada humedad ambiente, pocas heladas y escaso viento, impidió el adecuado secado de los suelos y caminos rurales.
La infraestructura también constituye un factor limitante.
En Bolívar y Carlos Casares señalaron las dificultades para mantener una extensa red de caminos rurales, mientras que en General Pueyrredón advirtieron que la infraestructura no acompañó la transformación del sistema productivo.
La cosecha de gruesa fue una de las actividades más afectadas.
En el este bonaerense se registró un marcado retraso en la trilla, especialmente de maíz, debido a la elevada humedad de los suelos y los granos.
Las napas cercanas a la superficie restringieron el ingreso de maquinaria y prolongaron la permanencia de los cultivos en pie.
Cosechar maíz con altos porcentajes de humedad implica además afrontar mayores costos de secado.
El tránsito de maquinaria sobre suelos saturados incrementa el riesgo de generar huellones y compactación, con posteriores costos de acondicionamiento.
La soja remanente también debió recolectarse con niveles de humedad superiores a los deseables, priorizando preservar la calidad comercial y reducir las pérdidas.
Las dificultades de la gruesa tuvieron un efecto directo sobre la implantación de trigo y cebada.

Las decisiones quedaron sujetas a la aparición de breves ventanas de trabajo que permitieran terminar la cosecha, acondicionar los lotes e ingresar con la maquinaria.
El retraso obligó a modificar fechas y planteos, con una mayor flexibilidad en la elección de especies.
Algunos lotes previstos para cebada fueron destinados a trigo de ciclos más cortos, mientras que otros, al quedar fuera de las ventanas óptimas, fueron trasladados hacia cultivos estivales como maíz o girasol.
En Bolívar y Carlos Casares, la persistencia de los excesos hídricos redujo aún más las oportunidades de siembra.
En Bolívar, los referentes estiman una reducción de entre 40% y 50% de la superficie destinada a cultivos de invierno respecto de un año normal.
A los condicionantes climáticos se suman los ajustados márgenes económicos de los cultivos de fina, que también influyeron en las decisiones de los productores.
Ante este escenario, muchos establecimientos optaron por resignar superficie invernal y concentrar sus expectativas en cultivos estivales, principalmente maíz y girasol.
Las entrevistas muestran que la problemática hídrica atraviesa a las tres regiones, aunque sus causas y efectos son diferentes.
Mientras en el noreste predominan las napas elevadas y la limitada capacidad de escurrimiento, en el sudeste el principal problema está dado por un invierno excepcionalmente húmedo y el escaso secado de los ambientes.
El desafío común es sostener la mayor proporción posible de superficie productiva, adaptando rotaciones y estrategias de manejo.
Más allá de las diferencias regionales, la campaña vuelve a poner en evidencia la necesidad de contar con infraestructura, planificación y sistemas productivos capaces de responder a una variabilidad climática que dejó de ser excepciona.
